17 de abril de 2018

LA CATEDRAL VISTA POR J.B. LAURENS

Por Malleus

     El año 1839 el francés José Buenaventura Laurens vino aquí de viaje. Un año después publicó un libro titulado “Recuerdos de un viaje artístico a la isla de Mallorca” en el que relata todo aquello que llamó su atención. Resulta muy curioso, pues se fija en detalles que para otros pasarían desapercibidos. En este artículo transcribimos texto e imágenes del capítulo referente a la catedral.

CATEDRAL DE PALMA


Durante toda la edad media, este espacio de tiempo que separa el establecimiento del cristianismo de la época que se llama Renacimiento, las catedrales han sido el único santuario de las bellas artes; y aun cuando, en nuestros días, los museos hayan llegado a ser templos levantados a la gloria de la pintura y de la escultura, aun cuando el teatro haya alcanzado la supremacía en lo que se refiere a la dirección seguida por el arte musical, esto no obstante, el templo cristiano no deja de ser para el artista un magnífico objeto de estudio y de inspiración. Al exterior, la mole de sus torres, las ringleras de sus arbotantes, la disposición de sus portales, de sus ventanas y de sus rosetones, tan ricamente cinceladas, el color dorado o enrojecido de sus antiguos muros, le ofrecen combinaciones y accidentes en extremo pintorescos. En el interior la grandiosidad y el atrevimiento de sus bóvedas, la agrupación de sus columnitas y de sus ojivas, la riqueza y el gusto de sus adornos, la luz que al través de los cristales viene a derramar los colores del arco iris sobre los pilares de la nave, le presentan a cada paso materia para un magnifico cuadro. Al mismo tiempo que su vista se enajena ante la grandeza de este espectáculo, se conmueven sus oídos con las poderosas notas del órgano, cuando acompaña esas antiguas melodías que el culto cristiano ha conservado, y que nos parecen tan penetrantes por su carácter religioso, como es interesante su estudio relativo a su tonalidad. El artista que gusta de inspirarse, sea en la grandeza de las solemnidades católicas, sea con algún tierno ejemplo de piedad cristiana, todavía encontrará en la catedral muchas ocasiones de exaltar su mente, cuando el pueblo va a reunirse en masa para cantar los salmos del Rey profeta, y quemar el incienso sobre el altar brillante de luces y de oro; o cuando vea, en las horas en que el templo aparece vacío, al niño de rodillas rogando piadosamente por su madre enferma; al anciano pobre y achacoso, sentado en el rincón de una capilla, en cuyo recinto halla pensamientos consoladores para todas las penas que le afligen sobre esta miserable tierra.

     Tales son las ideas morales y artísticas que me obligan a escoger las iglesias como objeto principal de mis observaciones, y que con mucha frecuencia me han conducido a la catedral de Palma durante mi permanencia en esta ciudad. Intentaré describir este importante edificio. Su gran mole se ofrece, exteriormente, enlazada y consolidada por medio de contrafuertes muy numerosos, hasta la altura de las capillas. Cuéntanse 22 en su lado meridional; pero, a partir de la bóveda de estas capillas hasta la altura de la nave, solamente ocho arbotantes consolidan las bóvedas. Hacia el lado septentrional una enorme torre cuadrangular, perforada por ventanas ojivales y coronada con un antepecho, sirve de apoyo a la iglesia. En los ángulos que terminan la fachada occidental se elevan dos torrecillas octogonales terminadas por una pirámide circuida de merloncillos. En esta misma fachada se abre la gran puerta construida en 1601.

En medio de emblemas religiosos y de inscripciones simbólicas, vense las estatuas de la Virgen y de los más célebres Padres de la iglesia, ejecutados sin corrección y sin elevación de estilo. La considerable abertura circular, practicada sobre aquel portal, no merece el nombre de rosetón, porque esta palabra recuerda un género de ornamentación que no tiene semejanza alguna con lo que allí se ve. Aun cuando la puerta lateral que se abre sobre el lado Norte, al pie de la gran torre, no sea, ni con mucho, comparable con las entradas de nuestras iglesias francesas de Rouen y de Amiéns, no deja de ser, por su pureza y simplicidad, una muestra muy notable del gusto arquitectónico del principio del siglo xv.

     Hasta aquí mis investigaciones no me habían descubierto nada notable, y empezaba a experimentar un sentimiento de penosa decepción, cuando me dirigí hacia el portal meridional. El primer golpe de vista me hizo saltar de gozo y de entusiasmo, tanto que durante una hora que pasé observándolo, mi imaginación se mantuvo exaltada en grado sumo. En ninguna parte había tenido ocasión de contemplar un conjunto de líneas mejor distribuido y una finura de ejecución tan admirable; nunca el arte gótico me había parecido más correcto, más sabio, más expresivo. Sobre el pilar que divide la puerta en dos partes iguales, se apoya la estatua de la Virgen coronada con un doselete de piedra, recortado como un encaje; es una figura sosegada, divina, que uno no se cansaría de adorar. Más arriba el tímpano está adornado con una representación de la Cena, que domina el Padre Eterno, circuido de ángeles. Todos los ropajes de estas figuras están ejecutadas por el cincel del escultor de tal manera, que la piedra ofrece la misma flexibilidad y apariencia de la tela. Las archivoltas de esta puerta encierran en una banda guirnaldas y flores ordenadas como arabescos; en la otra, doce apóstoles colocados cada uno bajo un elegante doselete, con sus atributos; y en la tercera, una serie de ángeles celebran la gloria del Eterno, tañendo diversos instrumentos desconocidos hoy. Otras grandes imágenes de santos doctores, y los caprichosos enlazados de hojas , de columnas y de festones, contribuyen a formar un conjunto maravilloso y hacen de este portal una obra maestra inimitable: También mi pequeña fotografía no podrá dar más que una leve idea.

Entrando seguidamente en el interior, quedé muy sorprendido de la magnitud de esta nave, que no mide menos de 540 palmos de longitud y 375 de anchura; pero todavía quedé más pasmado al observar su desnudez. Aquí, por ninguna parte los haces de columnas extendiéndose en arcos y aristones ; nada de galerías en los bordados ventanales ; ni una claraboya con vidrios pintados; ni menos los transepts con grandes rosetones; en fin, ninguna abertura detrás del Coro; en vez de todas esas bellezas arquitectónicas, con las cuales había soñado un poco, se levantan solamente siete pilares octogonales a cada lado, sosteniendo una bóveda inmensa a la altura de 237 palmos, y dividiendo a la iglesia en tres naves que avanzan hasta el santuario. 


Merecen la atención algunos cuadros, algunos retablos, gran número de sepulturas antiguas y el espléndido mausoleo elevado recientemente a la memoria del marqués de la Romana; pero la obra artística más digna de ser examinada en esta catedral, es sin disputa, el antiguo retablo del altar mayor de madera dorada, que aún existe en perfecto estado de conservación, detrás del nuevo que lo sustituyó hará cosa de un siglo. Esta obra maestra del arte gótico, relegada por el mal gusto, presenta sobre una superficie aproximadamente cuadrada, siete nichos coronados con toda la ornamentación y calado posibles. El nicho del centro cubierto con un doselete de más rica labor que todo lo restante, encierra la estatua de la Virgen; hay en los otros nichos las estatuas de santos y santas pintados y dorados según el gusto de las miniaturas de nuestros antiguos manuscritos. Ocupan los puntos de unión de los diversos compartimientos, unos ángeles con instrumentos musicales muy semejantes a los que adornan el portal antes mencionado. Por último, siete bajo relieves, esculturados en la parte inferior de los nichos, representan de un modo correcto y sencillo al mismo tiempo, los principales sucesos de la vida de la Virgen, su nacimiento, la anunciación, la natividad, la asunción, etc. Un gran armazón de madera dorada, reproduciendo la misma disposición y los mismos adornos, como también la figura de los ángeles músicos, se ve situado, a manera de claraboya o de balaustrada, entre el coro y una pequeña capilla superior que existe en la extremidad de la iglesia. Es evidente que esta obra no puede haber sido otra cosa que el respaldo del altar que acabarnos de describir. Aunque está situado a una altura incómoda y privado de luz, no dejé de copiarlo y reproducirlo en mi lámina XXV.

Uno de los hombres más distinguidos de España, diputado elocuente, desterrado en Mallorca, Don Gaspar Melchor de Jovellanos, ha escrito una carta histórico artística sobre la catedral de Palma, cuyas páginas han sido bastante apreciadas por los mallorquines, hasta el punto de que un anticuario cuyo mérito y cortesía he tenido muchas ocasiones de reconocer, las haya publicado, adicionándolas con algunas notas llenas de erudición. Es sensible que estos anticuarios no hayan tenido conocimiento más que de papeles viejos y antiguas tradiciones, y que hayan permanecido indiferentes para con los estudios monumentales hechos de veinte años a esta parte en Francia y en Inglaterra. Si hubiesen conocido estos trabajos, no habrían asegurado que la capilla real de esta basílica (es la parte que constituye el santuario) se acabó de construir durante el reinado de D. Jaime I, es decir, hacia la mitad del siglo XIII; ni tampoco, que el magnífico altar gótico construido a principios del siglo xv, al mismo tiempo que la puerta meridional, cuyo estilo recuerda por completo, había sido colocado durante el reinado del mismo D. Jaime I.



     Por lo demás, la carta de Jovellanos contiene una multitud de datos y de hechos curiosos sacados de buenas e incontestables fuentes, puesto que la mayor parte se confirman por la obra del arquitecto. En ella vemos el edificio apenas comenzado por el rey Conquistador, interrumpido a consecuencia de las disputas que se suscitaron entre sus dos hijos con motivo de la sucesión en el reinado. Entonces, dejando de ser aplicados a su construcción los recursos del real tesoro, se recurrió a todos los medios posibles a fin de allegar el dinero necesario para continuar los trabajos. Hiciéronse colectas por toda la isla; excitóse a los fieles para que hicieran legados en sus testamentos; concediéronse dispensas de toda clase, y los Obispos y el capítulo hicieron también grandes sacrificios. A los nobles se les permitió poner sus escudos en las claves de la bóveda principal, mediante el pago de 1.000 libras mallorquinas: y en las de las naves laterales mediante el pago de 500. Este impuesto establecido más sobre la vanidad que sobre la piedad, debió ser productivo, a juzgar por los muchos blasones incrustados en las naves de la iglesia. He aquí las reflexiones de Jovellanos sobre este asunto:

 «Se verá que si no procedía esta limosna de un afecto puro y sincero encaminado a la honra y gloria del Señor, pagaban bien cara su vanidad los que se desprendían de ellas sin mirar otro objeto que a Dios.»

Si la vanidad se pagaba muy cara en el siglo my, el trabajo del pueblo estaba muy poco retribuido. Los maestros de albañilería no ganaban más que 8 sueldos por jornal, y el salario de los peones y de las mujeres que trabajaban en gran número, todavía era mucho más escaso. Verdad es que un siglo después se duplicó este salario. En 1390 fue cuando empezaron a sacar de las canteras de Santanyí las piedras destinadas a la construcción de la bellísima puerta meridional. He citado esas canteras porque tal vez en ninguna otra parte la piedra calcárea ofrece un grano más fino ni una consistencia más a propósito para trabajos de ornamentación monumental. El tiempo la colorea con un tinte amarillo-limón lleno de armonía y de suavidad. Los arquitectos debieron poner manos a la obra poco tiempo después, porque todas las partes de este portal llevan en efecto el carácter del estilo arquitectónico adoptado en Francia al empezar el siglo xv. Finalmente, hasta el 1601, cuatrocientos años después, no pudo verse concluido este monumento.



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